miércoles, 20 de abril de 2011

Enfermos imaginarios.

Quizá uno de los sufrimientos más intensos que pueda padecer un ser humano en relación con las enfermedades de tipo mental sea el que llegan a padecer los hipocondríacos. Padecer una enfermedad que no tenemos realmente es algo muy difícil de gestionar en nuestra mente, y eso es exactamente a lo que se debe enfrentar aquel que de manera obsesiva y en un clima de angustia cree estar enfermo.

Nuestro organismo dispone de una serie de mecanismos de alarma cuya misión es ponernos sobre aviso de la presencia de una disfunción o una patología. Estos mecanismos son el dolor, la fiebre, la pérdida de apetito, el insomnio, el cansancio físico, etc.… Ante cualquiera de estos síntomas las personas solemos fijar nuestra atención y registrar una mayor observación sobre ellos, tomando medidas para paliarlos, una de ellas, acudiendo al médico. De este modo, enfrentarse a la enfermedad de una manera inteligente o, digamos no patológica, es lo que se espera de las personas normales.

El hipocondríaco es un enfermo atormentado por la imaginaria presencia de síntomas que le hacen deducir que padece determinadas enfermedades, que además van apareciendo y desapareciendo a lo largo del tiempo. Su preocupación le lleva a mantener una minuciosa observación de su cuerpo y a tomar medidas exageradas e innecesarias de protección contra la enfermedad.

Son muy diversos los factores que pueden llevar a una persona a padecer esta enfermedad, pero parece bastante claro que uno de ellos es el miedo, desatado junto a un proceso de ansiedad. La enfermedad y la muerte, como consecuencia ultima de su padecimiento, se instalan en la mente del hipocondríaco y su vida termina convirtiéndose en un insufrible proceso que le mantiene postrado ante un futuro, para él, inasumible. El miedo a la muerte, es un miedo que todos los seres humanos padecemos en mayor a o menor medida. La muerte es un acontecimiento que forma parte de la vida, todos sabemos de su irremediable presencia, pero muy pocos asumen su presencia y en pocos casos se enfrentan a ella con serenidad.

El hipocondríaco estudia con detalle los síntomas que se imagina en sí mismo y colecciona una serie de “casos clínicos” en su mente oídos de otras personas o leídos en los libros, y, en todo momento, compara y estudia en si mismo todos ellos. Suele adquirir un conocimiento bastante acertado de los síntomas de las enfermedades si bien se equivoca en aplicárselo a si mismo. Se dice que los médicos cuando estudian la carrera de medicina pasan por una fase de hipocondría a la que llegan precisamente porque estudian las enfermedades.

“En psiquiatría, la actitud hipocondríaca aparece como un síntoma en algunas formas de depresión endógena, especialmente en la melancolía involutiva (depresión de los ancianos). También puede adquirir en ciertos casos los rasgos de un desarrollo delirante, de contenido hipocondríaco, en la llamada paranoia hipocondríaca. Multitud de neuróticos, tanto histéricos, neurasténicos, como organoneuróticos y pacientes psicosomáticos, destacan en su cuadro clínico general la actitud hipocondríaca”.

En el mundo de la literatura se han producido interesantes obras literarias en las que aparece esta enfermedad. Una de las más conocidas es “El enfermo imaginario” de Moliere

Numerosos artistas han padecido el azote de esta enfermedad. Manuel de Falla fue un hombre muy atormentado por ella, llegando a convertirse en un obsesivo en relación con la higiene personal y la ingestión de alimentos. Se dice de Pio Baroja que padeció también de hipocondría. A la lista debemos sumar a José Donoso, Gabriel García Márquez, Charlotte Brontë, Charles Darwin, Marcel Proust, entre otros muchos.

El hipocondríaco lucha permanentemente por convencer al médico y a su propia familia de que está enfermo. Esta tarea le ocupa prácticamente todo el tiempo de su vida y le sume en un estado de postración intelectual que le impide una vida social normalizada. Busca constantemente dentro y fuera de sí argumentos para convencer y convencerse de su irremediable próximo final a manos de todas y cada una de las enfermedades que van apareciendo en su catálogo. Ciertamente es una enfermedad que en sus estadios de máximo desarrollo requiere una atención psiquiátrica y psicológica muy acentuada, ya que el sufrimiento puede llegar a ser muy grande.

Es común, por otra parte, que los síntomas de la enfermedad se agudicen o aparezcan por primera vez en personas que por motivos especiales se ven enfrentados al cuidado de un enfermo durante largas temporadas. El contacto con la enfermedad nos aproxima a su padecimiento y los síntomas, que vemos en el enfermo próximo, es fácil que los busquemos en nosotros mismos. La enfermedad grave, incluso el fallecimiento de un familiar o un amigo próximo pueden ser desencadenantes de episodios hipocondriacos. Estos síntomas en ocasiones se pueden ver agudizados cuando el individuo padece una cierta fragilidad física o simplemente no se acepta a sí mismo en lo que a su físico se refiere. En la hipocondría se ha encontrado una relación entre miedo, creatividad y enfermedad. Ponemos como ejemplo al escritor francés Marcel Proust, quien entre otras cosas era tan sensible a los sonidos que tuvo que cubrir las paredes de su habitación con corcho. Además, estaba especialmente obsesionado con las toallas húmedas y “sufría” asma. Durante muchos años, Proust pasaba los días enteros en la cama y se levantaba por la noche para escribir.

¿Cuál es el perfil psicológico de un enfermo hipocondríaco? Además del patológico miedo a la enfermedad, el enfermo suele ser una persona con tendencia a la introversión, con cierto nivel intelectual o cultural, capaz de realizarse preguntas derivadas de un planteamiento reflexivo frente a la vida. Se siente profundamente incomprendido, nadie le dará la razón a la hora de asociar sus síntomas a patologías reales, muchos de ellos prefieren quedarse con una duda, que les llena de angustia y ansiedad, a enfrentar la posibilidad de que les digan que están realmente enfermos.

La aceptación de sí mismo y nuestro destino vital son básicos para comenzar a combatir la enfermedad. Una idea real de nuestro cuerpo y de su relación con el entorno nos permite afianzarnos en la normalidad y hacer desaparecer la percepción irreal que nos provoca la angustia. Hay una muy acertada frase que debe decirse así mismo el enfermo: “la hipocondría es la única enfermedad real que padezco”.