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sábado, 10 de abril de 2010

Paracelso: Alquimista y médico


En la penumbra de su laboratorio el viejo Paracelso trabaja infatigable. Sobre la mesa sus papeles y en los estantes de los armarios se apilaban desordenados enseres de laboratorio. En el fuego languidecían las últimas brasas. Un día agotador, un paso más hacia el desconocido encuentro con la sabiduría, un día menos para llegar al lugar de la verdad. La ciencia despertaba en el horizonte de Europa para iluminar los rincones oscuros que la filosofía aristotélica no pudo iluminar.

Paracelso o Teofrasto Paracelso (1493 –1541) realmente tenía el nombre de Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, pero se le conoce como Paracelso que dicho sea de paso es más cómodo de pronunciar y memorizar.

Nació en Einsiedeln (Suiza), su padre fue médico y alquimista. Se educó en Suiza, y en su juventud trabajó en las minas como analista. Comenzó sus estudios a los 16 años en la Universidad de Basilea, y más tarde en Viena. Se doctoró en la Universidad de Ferrara.

Dedicó una parte importante de su vida al estudio de la medicina aportando numerosas técnicas tanto de diagnostico como de tratamiento de las enfermedades aportando valiosos conocimientos desde la alquimia a la medicina. Fue un defensor de la cirugía y lucho por su incorporación en la medicina, dejando de ser una actividad propia de los barberos para llevarse a cabo como práctica médica. Realmente la alquimia y la medicina, han mantenido siempre una estrecha relación de contenidos. Ambas ciencias, cada una en su terreno, se han ocupado de un modo preferencial de la salud humana pese a que sus criterios nunca fueron coincidentes.

Paracelso afirmó que el verdadero propósito de la alquimia no era conseguir oro, sino más bien la producción de medicamentos. El término "spagyria" fue utilizado por Paracelso en su libro "Liber Paragranum", derivado de las palabras griegas "span y ageiro', el significado esencial de los cuales es "separar y combinar". Según Paracelso la naturaleza en sí misma estaba "en bruto y sin terminar" y que el hombre tenía la tarea dada por Dios de hacer evolucionar las cosas a un nivel superior. En realidad esta técnica consistía en producir medicinas a partir de plantas utilizando procedimientos alquímicos. Entre estos procedimientos están la fermentación, destilación y la extracción de componentes minerales de las cenizas de la planta. Estos procesos estaban en uso en la alquimia medieval generalmente para la separación y purificación de metales en menas, o para separar la sal del agua u otras soluciones acuosas.

A Paracelso se le atribuyen la formulación y elaboración de los primeros medicamentos en los que incluyó por primera vez minerales. Definió y nombró el liquido que rodea las articulaciones con el término “liquido sinovial” lo cual explicó de manera clara la fisiología de brazos y piernas, descubrió las características de muchas enfermedades como la sífilis el bocio utilizando para combatirlas el azufre y el mercurio. Se dice además que el fue el precursor de la homeopatía, si bien fue el médico sajón Samuel Hahnemann (1755–1843) a principios del siglo XIX el que definitivamente la puso en práctica de manera más científica.

Lo que le importaba a él en primer lugar era el orden cósmico, que encontró en la tradición astrológica. La doctrina del Astrum in corpore es su idea capital y más querida. Fiel a la concepción del hombre como microcosmos, puso el firmamento en el cuerpo del hombre y lo designó como Astrum o Sydus. Fue para él un cielo endosomático cuyo curso estelar no coincide con el cielo astronómico, sino con la constelación individual que comienza con el «Ascendente» u horóscopo.

Refiriéndose al médico dijo este sabio alquimista: “Únicamente un hombre virtuoso puede ser buen médico”. Para él la Medicina tenía cuatro pilares: Astronomía, Ciencias naturales, Química y el Amor.

Introdujo el uso del láudano para combatir el dolor. Realmente el láudano era una tintura alcohólica de opio a la que añadía vino blanco, azafrán, clavo, canela. Se usaba comúnmente para reducir cualquier tipo de dolor, desde el dolor provocado por la salida de los dientes en los niños a los típicos dolores producidos por el cáncer y otras enfermedades terminales; para adormecer, para la ansiedad, para el tratamiento de la diarrea (prescripción que aún sigue teniendo en algunos casos) y para eliminar la tos en todo tipo de procesos, desde una simple gripe a una tuberculosis.

Como curiosidad les anoto la fórmula de una variedad de láudano atribuida al médico inglés Sydenham (1624-1689). Ingredientes: Opio de Esmirna (200 g), Azafrán cortado (100 g), Canela de Ceilán (15 g), Clavos de especia (15 g), Vino de Málaga (1600 g). Preparación: Córtese el opio en pedazos pequeños y póngase con otras sustancias en un matraz; macérese por espacio de 15 días, agitando con frecuencia. Cuélese, exprímase fuertemente y fíltrese. Cada gramo de este láudano (33 gotas) contiene 12,5 cg de opio.

A pesar de que se ganó bastantes enemigos y obtuvo fama de mago, contribuyó en gran manera a que la medicina siguiera un camino más científico y se alejase de las teorías de los escolásticos.

También aportó datos alquímicos. A Paracelso le atribuimos la idea de que los cuatro elementos (tierra, fuego, aire y agua) pertenecían a criaturas fantásticas que existían antes del mundo. Así pues, la tierra pertenecería a los gnomos, el agua a las nereidas (ninfas acuáticas), el aire a los silfos (espíritus del viento) y el fuego a las salamandras (hadas de fuego).

Igualmente, Paracelso aceptó los temperamentos galénicos y los asoció a los cuatro sabores fundamentales. Esta asociación tuvo tal difusión en su época que aún hoy en día, en lenguaje coloquial, nos referimos a un carácter dulce (tranquilo, flemático), amargo (colérico), salado (sanguíneo, dicharachero) y el carácter ácido pertenecería al temperamento melancólico.

Así expresaba Paracelso el indiscutible poder de la naturaleza en relación con la salud y la enfermedad. “La Naturaleza posee, en efecto, una industria cierta para su propia curación que el médico ignora, por lo que su papel queda reducido al de simple protector o defensor de la Naturaleza" (Opus Paramirum)”

lunes, 15 de febrero de 2010

Hipatia de Alejandría


Me resulta casi una obligación incluir entre los artículos que escribo para esta Ventana de la Ciencia una referencia a Hipatia de Alejandría. Las pantallas de nuestros cines estrenan una película basada en su persona y en el tiempo que vivió allá por el siglo IV después de Cristo en la fabulosa ciudad de Alejandría. Se trata de Ágora del director español Amenábar.

Como era de esperar la película ha despertado una viva polémica por el tratamiento que del personaje hace Amenábar, su director, así como por los supuestos ataques que desde la historia contada en la película se vierten hacia la Iglesia, en la persona del polémico Obispo Cirilo y otros personajes de la época.

Es importante que se deje claro que la documentación histórica que se tiene de esta mujer es muy escasa, por lo que su historia se cuenta a caballo entre la leyenda y la verdad. Pero a pesar de ello, como casi en todas las ocasiones, se aprovecha esta visión, evidentemente subjetiva del director de la película y sus guionistas, para acusarlos de partidistas, anticlericales y poco rigurosos con la verdad (¿qué verdad nos peguntamos?) por parte de un sector de nuestra sociedad con portavoces en la clase política, que tan escasa anda de credibilidad y razón.

En nuestro país, en estos momentos a casi todo se le “saca punta” con tal de crear una polémica y enzarzarse los políticos en sus aburridas y esperpénticas criticas mas allá de lo que debieran criticar y sobre todo solucionar, que son los auténticos problemas del país. Y es así como ahora la derecha ataca a la izquierda diciendo que se ha realizado una película al gusto y amparo del gobierno actual sin dudar en un ataque a la iglesia que no tiene fundamento ni rigor histórico. La cosa tiene gracia, porque si ustedes buscan datos sobre esta legendaria mujer defensora de la ciencia y la libertad encentrarán poco material y sobre todo material avalado por el rigor histórico .

Sean o no ciertas las acusaciones que se vierten en esta historia de Hipatia, contada al amparo de la izquierda española (¿izquierda o lo que sea?), según algunos, lo cierto es que no es mentir si decimos que la Iglesia en su conjunto ha sido a lo largo de la historia un freno para la ciencia. Excepciónes las hay y además muy honrosas, pero lo cierto es que fueron perseguidos y condenados a la hoguera muchos hombres y mujeres por ese brazo represivo e intolerante que fue la Santa Inquisición apoyada por los papas y el colegio cardenalicio, y antes de la Inquisicion otros estamentos como papas, cardenales, obispos y demás clérigos de la Curia Romana. Esto creo que ahora, en el siglo XXI, nadie se lo cuestiona. Sirva de ejemplo la rectificación que el Papa Juan Pablo II hizo pidiendo perdón por el error papal que se cometió con Galileo.

Los fundamentalismos religiosos y la interpretación de tantos y tantos libros sagrados no hacen sino facilitar las cosas para aquellos que, a pesar de lo avanzado de nuestra civilización, quieren mantener por encima del bien y el mal un estado de cuestiones que quedaron en el pasado justificadas por los innumerables y cambiantes escenarios de la historia, pero que ahora es imposible sostener con argumentos razonables.

Legado científico de Hipatia

No entraré por lo tanto en estéticas cinematográficas ni en interpretaciones personalistas de la historia por parte de los unos y los otros, me interesa la vida y la obra de esta mujer en tanto que se considera precursora del papel que las mujeres han desarrollado en la ciencia, si bien han sido en su conjunto injustamente tratadas. Me interesa rescatar la posición de igualdad y competencia de esta mujer en pro del conocimiento y la libertad, nada más.

Aunque todos sus escritos se han perdido, existen numerosas referencias a ellos. Su trabajo más extenso fue en álgebra. Escribió un comentario sobre la Aritmética de Diofanto (considerado como el padre del álgebra) en el que incluía soluciones alternativas y nuevos problemas. También escribió, en ocho libros, un tratado sobre la Geometría de las Cónicas de Apolonio (a quien se deben los epiciclos y deferentes para explicar las órbitas irregulares de los planetas). Colaboró con su padre en la revisión, mejora y edición de los Elementos de la Geometría de Euclides, cuya edición es la que aún se emplea en nuestros días, escribiendo un tratado sobre el mismo.

Escribió un Canon de Astronomía, dedicándose además a realizar la revisión de las Tablas Astronómicas de Claudio Tolomeo, conocidas por su inclusión en el Canon Astronómico de Hesiquio. También cartografió diversos cuerpos celestes, confeccionando un planisferio.

Además de la filosofía, matemáticas y astronomía, se interesó por la mecánica y las tecnologías prácticas. En las Cartas de Sinesio están incluidos sus diseños para varios instrumentos, incluyendo un astrolabio plano, que nos sirve para medir la posición de las estrellas, los planetas y el Sol. También desarrolló un aparato para la destilación del agua, así como un hidroscopio para medir la presencia y el nivel del agua, y un hidrómetro graduado de latón para determinar el peso específico de los líquidos. Por último, se la supone inventora del aerómetro, instrumento que se usa para medir las propiedades físicas del aire u otros gases.

La ciencia necesariamente está en deuda con una mujer como Hipatia que apostó fuertemente por sus ideas y sobre todo luchó contra el oscurantismo y las mentiras. Ciertamente ella fue una mujer privilegiada. En su tiempo, su dedicación al estudio y la difusión de la ciencia era una dedicación casi prohibida para una mujer, en su caso, gozó del apoyo y el empuje de su padre y de la posibilidad de recibir formación de los mejores maestros de su época. Quizá por esto fue tan señalada por la sociedad de su tiempo y despertó envidias y recelos de quienes muy cerca de ella compartían el conocimiento y luchaban por ocupar un puesto relevante en las instituciones científicas y de poder político y religioso.

Creo que lo más razonable es que ustedes mis amigos lectores se ocupen de buscar la información porque si basan sus opiniones en una película su análisis queda bastante sesgado. La película puede ser útil para ambientarnos en la época, para evocar aquel pasado de nuestra civilización pero nada más. Dejen a los políticos y a los religiosos que sigan en su improductiva polémica. La historia salva a sus personajes de las mentiras y los engaños con los datos y cuando no hay datos lo mejor es no inventarlos. Me quedo con la idea de que hubo una mujer valiente e inteligente que decidió encontrarse con la verdad y que lo hizo a través de la ciencia y el conocimiento razonado de la naturaleza. Quede para los obispos y los políticos la estúpida discusión de la fe y de sus consecuencias. Quedémonos con el ser humano exento de tópicos y misticismos.

sábado, 16 de junio de 2007

Marie Curie: “Madame Curie”


Anochecía en el viejo y destartalado cobertizo de la escuela femenina en donde Marie explicaba física. Aquel laboratorio había sido el lugar de trabajo de la joven pareja de científicos Pierre y Marie Curie durante varios años. Allí habían transformado pacientemente una tonelada de ganga de las minas del valle de San Joaquín, en Bohemia, mediante un rudimentario pero sistemático proceso de depuración las rocas negruzcas de pechblenda para obtener apenas unos gramos de unas desconocidas y mágicas sales de uranio cuyas radiaciones invadían la oscuridad del rincón en donde reposaban cuidadosamente guardas en un tarro de cristal, haciéndose notar mucho mas a medida que la luz del día se marchaba.

Corría el año 1902 y en aquel abandonado lugar se acababa de manifestar uno de

los mas maravillosos secretos que hasta entonces la ciencia había mantenido oculto: La radioactividad.

Marie Skolodowska nació en Varsovia el 7 de noviembre de 1867. El dominio de la Rusia zarista sobre Polonia y la rancia tradición de una sociedad machista suponían una enorme barrera para la mente y la imaginación de aquella joven de talle menudo y vivaracha mirada. Su padre, profesor de física, apenas podía costear sus libros con su sueldo que terminó perdiendo por motivos políticos, y la única solución que Marie encontró para continuar sus estudios de química fue marcharse a Francia en donde se matriculó en la Sorbona y allí, en sus aulas, mirada como un “bicho raro”, atendió con todo su interés y toda su inteligencia las clases de los reputados catedráticos de la prestigiosa institución. Apenas alimentada y viviendo en una destartalada buhardilla. Pero a pesar de todo acabó siendo la numero uno de su clase licenciándose en ciencias físicas y matemáticas.

En 1894 conoció a un joven y afamado científico francés llamado Pierre Curie. Se enamoraron y se casarón en 1895, cuando Marie estaba terminando el doctorado.

En aquella época, en las postrimerías del siglo XIX el conocimiento científico estaba en pleno desarrollo, el gran edificio de las ciencias físicas y la química estaba siendo construido. Desde la experimentación y la observación de los fenómenos se empezaba a desarrollar el amplio campo del conocimiento de los materiales, las radiaciones, la piezoelectricidad, la corriente eléctrica y su relación con los campos magnéticos. Roentgen había descubierto los rayos X y Becquerel había descubierto que la radiación de los compuestos de uranio era registrada por el electroscopio. Por cierto que el electroscopio había sido recientemente inventado por Pierre Curie y su hermano Jacques.

Los esposos Curie después de aplicar minuciosos procesos de depuración de las sales de uranio descubrieron otro nuevo mineral cuyas radiaciones eran hasta 400 veces mayor que las de este, nació en aquel momento un nuevo elemento en la tabla periódica al que Marie Curie bautizó con el nombre de polonio en honor, ironías de la vida, a su Polonia natal, de la que tuvo que salir para llegar a ser con toda seguridad la primera gran mujer científico de la historia. Al polonio le siguió el radio.

Pierre experimenta los efectos del radio sobre su piel. Quemaduras y a continuación heridas. Pronto se comienza a utilizar el radio como tratamiento de los tumores malignos. Nace la «curieterapia». Los ojos del mundo estaban puestos en los esposos Curie, y honores de todas clases comenzaron a llegar hasta el cobertizo que había abrigado silenciosamente y durante tantos años su paciente labor. Empero, Pierre Curie y su mujer eran gentes simples y modestas. El rehusó la Legión de Honor, y hubieron de hacerse esfuerzos para que aceptara en la Sorbona el lugar a que era acreedor. "Pedí, decía, un laboratorio y me ofrecen una cátedra".

En 1903 Marie Curie presentó su tesis doctoral. Era un maravilloso trabajo sobre la radioactividad. Era el justo y merecido premio a su tesón y a su capacidad de trabajo. Había desgranado pacientemente varias toneladas de mineral de pechblenda.

En aquel mismo glorioso año de 1903 los esposos Curie fueron premiados junto con Henri Becquerel con el premio Nóbel de Física por sus estudios de las radiaciones del uranio. Marie Curie después ocho años mas tarde, en 1911 recibió el Nóbel de Química por el descubrimiento del polonio y el radio.

Cuando Marie recogía su segundo premio Pierre Curie ya había muerto trágicamente en 1906 arrollado por un coche de caballos. Marie debió sentirse profundamente triste recibiendo su segundo premio. Cuentan que aquel matrimonio de científicos fue, mientras estuvieron juntos, un modelo de pareja feliz, entregados a su trabajo y a la educación de sus dos hijas, Irène y Eve. La primera seguiría los pasos de sus padres y recibió el Premio Nóbel de Química. La segunda fue periodista y escribió una biografía sobre su madre.

Marie ocupo en la universidad el lugar de su esposo impartiendo clases en la cátedra de física, hasta entonces solo ocupada por hombres. La universidad en aquella época no supo o no pudo tratarla con el merecimiento con el que se había acreditado. Las viejas glorias de la universidad, celosos porque una mujer les hacia tambalear en sus viejas cátedras no le concedieron (por un voto) ser miembro de la Augusta Academia Francesa de las Ciencias.

En la primera Guerra Mundial, ayudada por su hija Irene, que ya tenía 18 años, colaboró con los aliados instruyéndolos en el manejo de equipos de rayos X. Después de la guerra, se dedicó a crear un moderno laboratorio, en memoria de Pierre. El laboratorio se convertiría, posteriormente, en el Instituto del Radio, un centro internacional para el estudio de la radiactividad ubicado en París.

Sus habilidades ya eran de renombre internacional, por lo que viajó con sus hijas, por todo el mundo, para dar conferencias sobre el radio. En Estados Unidos fue presentada con grandes honores. Por la misma época fue nombrada miembro de la Comisión Internacional para la Cooperación Intelectual, por la Liga de las Naciones. A pesar de tener la oportunidad de cosechar éxitos mundanos siempre lucho por su propia intimidad y por su amor y entrega a la ciencia.

Murió el día 4 de julio de de 1934 en Alta Saboya, a los 66 años de edad aquejada de leucemia. Sus manos y su cuerpo fueron el tributo a este arriesgado trabajo en aquel laboratorio desvencijado. La radiación terminó causando estragos en ella y fue el cáncer el que la arrebató de este mundo, fue enterrada en el mismo panteón que su querido esposo Pierre en el cementerio de Sceaux.

Asistieron a su sepelio únicamente su familia y unos pocos amigos, si bien no lejos de allí al otro lado de la verja del cementerio se agolpaba un ruidoso grupo de periodistas a los que alguien mandó callar, haciéndose eco de lo que la gran mujer que fue Marie Curie siempre deseó: la soledad de su laboratorio y la sencillez de una vida dedicada la ciencia, lejos de los mundanales halagos y de las pasajeras lisonjas de salón. Sus últimas palabras, a punto de espirar junto a su segunda hija Eve, fueron “Quiero que me dejen en paz”. Así se despedía de este mundo una mujer que nunca tuvo fácil la conquista del conocimiento ni tan siquiera el reconocimiento de sus colegas, todos hombres, que por los convencionalismos de la época siempre la miraran con cierto reparo.

Pasteur

Nacido el 27 de diciembre de 1822 en Francia, desarrolló a lo largo de su vida una vasta labor de investigación que aportó a la biología y a la medicina los pilares sobre los que se sustentan en la actualidad.

Inicialmente la formación académica de Pasteur curiosamente no fue en biología o medicina, fue en química, pero sus estudios y preocupaciones por el mundo de la química le llevaron a la biología y posteriormente a la medicina. En química sentó las bases de la polarimetría, es decir, los efectos que provoca la luz polarizada sobre las sustancias, pudiéndose estudiar su estructura a raíz de estos. De este modo facilitó el estudio de la química orgánica. Agotada esta primera etapa de dedicación a la química se acercó al mundo de las encimas y los fermentos, concretando sus trabajos a los problemas de la fermentación del vino y de la cerveza.

Cuando Pasteur se asomó al mundo de la biología quedó fascinado por las pequeñas unidades de vida que suponen las bacterias, y decidió aplicar su capacidad de observación y disciplina científica a este campo. Cuando enfocó un microscopio hacia los fermentos del vino, comprendió que hay un invisible mundo animado presente en el resto de seres vivos y que era responsable de algunos fenómenos hasta aquel momento calificados de "misteriosos". La vigente teoría de la "Generación espontánea", que apoyaba la ciencia oficial encabezada por Berzelius y otros denominados "vitalistas", fue puesta en entredicho.

Pasteur asestó el último y definitivo golpe contra los vitalistas y su teoría de la generación espontánea de la vida. Estudió y experimentó con innumerables cultivos bacteriológicos.

No quedó ninguna duda de que esos microscópicos seres eran los que provocaban el avinagramiento del vino, y ante el asombro de los vinateros de la época consiguió paliar un problema al que nadie había sabido dar solución.

Pasteur nos enseño que calentando un líquido como la leche, el vino o el agua conseguimos matar las minúsculas células vivas de los gérmenes que los pueblan, y de esa manera evitamos procesos biológicos de degeneración del líquido, así como las numerosas enfermedades que podríamos adquirir al ingerir estos líquidos, siendo pasto de bacterias, bacilos y demás gérmenes. Al procedimiento se le denomina "pasteurización" y gracias a él se han podido erradicar enfermedades y salvar numerosas vidas.

Una vez inmerso en los misterios de la biología, le resultó fácil al insigne científico francés pasar a la medicina y abordar los problemas de las infecciones, así como las enfermedades derivadas de la falta de asepsia hospitalaria.

Pasteur demostró que los gérmenes presentes en el aire y el propio instrumental eran los responsables de la infección de las heridas y de la transmisión de enfermedades. Pasteur era un hombre con un sentido muy práctico de la investigación. La mayoría de sus estudios se orientaban hacia problemas que atenazaban a las gentes de su época. Su pragmatismo, siempre generoso, le puso en contacto con asuntos relacionados con el mundo de la industria y la sanidad, de tal manera, que ello le reportó una reputación de benefactor de su país y de la humanidad.

Estudiando el problema de los parásitos que acosaban a los gusanos de seda y que amenazaba con arruinar esta industria en Francia, comprendió los mecanismos que afectan a una epidemia, y dictó normas de aislamiento, limpieza de los gusanos infectados y sus lugares de anidamiento, poniendo asi fin a aquella pesadilla. Pero esto fue la forma de entrar en un nuevo campo de investigación: las enfermedades contagiosas. Postuló la "teoría del germen de la enfermedad" que sin duda fue el descubrimiento médico más importante hasta el momento y de cuyo estudio e investigación la humanidad entera ha recibido un impagable servicio de este gran hombre de ciencia.

Las bacterias pasaron a ser el centro de interés de los biólogos y los médicos, iniciándose un cuerpo teórico y experimental que posibilitó el avance de estas dos ciencias.

Pasteur estudió otras enfermedades infecciosas como el carbunclo que afectaba a los rebaños, y fue precisamente con rebaños con los que inició sus experimentos encaminados al desarrollo de mecanismos de inmunidad frente al agente infectante. Descubrió que inoculando sueros de animales, que habían superado la enfermedad, en animales sanos, se conseguía que la virulencia de la enfermedad disminuyese o fuera nula en el animal tratado. Estos experimentos le llevaron a la conclusión de que efectivamente se podía provocar la inmunización del animal frente a la enfermedad.

El experimento definitivo lo llevó a cabo Pasteur en 1885 con un joven pastor que había sido atacado por un perro rabioso y del que sólo se esperaba su irremisible muerte. Inyectó al pastor una vacuna que había preparado partiendo del espinazo secado de animales afectados de rabia, y el muchacho fue salvado de la muerte. Este nuevo invento se llamó "Vacuna", y es la base de la nueva rama de la medicina llamada "Inmunología".

Hoy, cien años después de la muerte de Pasteur, no podemos dejar de recordar lo mucho que debemos a este hombre. El Instituto Pasteur, fundado en su honor, es hoy en día uno de los centros más prestigiosos dedicados a la biología y a la medicina. Los avances de la ciencia en estos últimos cien años han sido vertiginosos, pero sin las aportaciones de estos hombres de ciencia no hubiesen podido producirse.

Albert Eistein


Hace algo más de un siglo, exactamente un siglo y dos años, un joven empleado de la oficina de patentes de Berna (Suiza) publicaba una serie de cinco artículos relacionados con asuntos de gran calado científico, que por otra parte ponían en entredicho, a la vez que ampliaban, las fronteras de las ciencias físicas y matemáticas del momento. Uno de los trabajaos estaba relacionado con el efecto fotoeléctrico, en donde demostraba que la luz al incidir sobre un tipo de metal era capaz de arrancar de éste electrones y por lo tanto producir una corriente eléctrica. Afirmaba en su artículo que la luz se movía empaquetada en forma de “cuantos”, quedando con ello demostradas las teorías del físico Planck descubiertas cinco años antes. De alguna manera materializó la teoría de los “números cuánticos” del mencionado físico.

En el resto de artículos que publicó Einstein ese año trató temas como el movimiento browniano de las moléculas de un fluido de acuerdo con los estudios planteados por Brown y la teoría cinética de Maxwell y Boltzmann, formulando una perfecta teoría matemática de lo que esos otros físicos habían planteado. Con este artículo demostraba una brillante capacidad de utilización de las matemáticas para modelizar los fenómenos físicos. Un tema que trató en ese mismo año de 1905 fue el estudio del movimiento de la luz en el espacio y de la concepción relativista de espacio y el tiempo.

Por lo que todo el mundo conoce a Einstein es por sus dos teorías de la relatividad: la llamada Teoría de la Relatividad Especial y la Teoría de la Relatividad General. La primera es una teoría que publicó en 1905 y en ella nos dice que las leyes de la naturaleza son las misma para todos los observadores cuyos marcos de referencia se estén moviendo con velocidad constante respecto al otro. La relatividad general sostiene que las leyes de la naturaleza son las mismas para todos los observadores aunque se hallen acelerando los unos con respecto a los otros, de este modo la relatividad general abarca también a la especial. A pesar de ser estos trabajos de mayor envergadura Einstein recibió el premio Nóbel por el trabajo sobre el efecto fotoeléctrico. Aquí jugó un papel decisivo la osadía con la que en las teorías de la relatividad el genial físico retó a los científicos de su tiempo. No se le podía conceder un premio por una teoría que hacia peligrar el edificio de la física.

¿Sabían ustedes que los relojes en movimiento funcionan más despacio?. Aun más, si usted toma una barra de hierro o cualquier material y la somete a una gran velocidad, estando usted quieto, observará que sus medidas se acortan en la dirección del movimiento y su masa le parecería mayor, es decir loa “objetos encogen” cuando se someten a grandes velocidades. En todo caso, para su tranquilidad, sepa que Einstein nos dice que nada puede viajar a más velocidad que la luz y que para mover un objeto a esa velocidad (su masa teóricamente se haría infinita), se necesitaría aplicarle una fuerza infinita, por lo tanto la conclusión es que no podremos superar nunca la velocidad de la luz.

El espacio en sí está siendo retorcido y curvado continuamente por la materia y la energía moviéndose dentro de él, y el tiempo fluye a diferentes velocidades para distintos observadores. Numerosos experimentos en el mundo real a lo largo de los últimos 100 años, indican que, sorprendentemente, Einstein estaba en lo cierto.

Era yo estudiante universitario cuando me interesé por la lectura de algunos libros que trataban el tema de la teoría de la relatividad, movido por la curiosidad y sobre todo por la necesidad de comprender lo que todos mis profesores me habían dicho que era imposible de comprender. Cayó en mis manos un libro titulado Einstein y el Universo escrito por el astrónomo Carlos Nordmann del observatorio de Paris publicado en 1922 que por su claridad de exposición y sencillez en lenguaje científico me cautivó plenamente. Aquel libro, que aun conservo, fue mi primera visita al fantástico mundo de la física y la astronomía cuya lectura me animó a seguir leyendo a autores como Gamow, Paul Davies, Desiderio Papp, Carl Sagan, Asimow, Etephen Hawking y otros. Todos los cuales han contribuido a despertar mi curiosidad y hacerme sentir la indescriptible emoción de tratar de comprender los misterios del cosmos.

Leyendo la biografía de Einstein se pueden recoger interesantes aspectos de la vida de este genio. Decía que "la cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio". "Creo en la intuición y la inspiración", escribió en 1931. "Algunas veces siento que estoy en lo cierto aunque no sepa la razón". Verdaderamente es la curiosidad y el afán de desvelar los misterios lo que mueve al científico. La ciencia, para algunos seres privilegiados se convierte en una especie de estado de éxtasis desde el que el hombre esta más próximo a la verdad.

¿Cómo valora la sociedad actual a los científicos?. Realmente la ciencia no es un valor para la sociedad actual. Es cierto, sin embargo que la ciencia es un instrumento en manos de los que ostentan el poder, en ocasiones mal utilizado. Lamentablemente los seres humanos del siglo XXI están más preocupados por otros asuntos que por los de la ciencia. La enseñanza de la física a los jóvenes cada día está más depreciada, baste de muestra decir que en los propios planes de estudios de la Enseñanza Secundaria la Física y la Química son materias optativas a las que los padres de los desarrollos curriculares les han concedido escasa importancia. Los propios estudios universitarios de ingeniería y de ciencias no están igualmente cotizados que otros propios de las ciencias humanas. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la cultura científica de nuestros estudiantes es muy escasa.

Para terminar diré que me sentiría feliz si al menos una persona de las que lea este artículo siente curiosidad por leer algún libro que hable de los trabajos de Einstein y de la ciencia en general. Por una sola persona que lo haga habrá valido la pena escribir estas líneas. No olviden mis amigos lectores que este año se celebra el Año Mundial de la Ciencia y que bien vale la pena prestar atención a quienes les hablen de ciencia, pues detrás de la ciencia existe un maravilloso mundo lleno de interrogantes y de respuestas a los misterios de la vida y del cosmos.